Las once de la mañana. Para la mayoría la hora del bocata y el Cola Cao, si bien algunos intrépidos ya experimentan con el café. Para mí… la hora de soñar. Es mi primer año de instituto y son las once de la mañana de un día de clase, la hora del recreo. La valla que hay que saltar mide dos metros, pero eso con catorce años es poco más que un escalón. La prisa apremia, sólo disponemos de media hora para ir, soñar y volver. Nuestro destino, la tienda de motos.
